miércoles, 26 de septiembre de 2012

Cambio de pared.

En algún momento decían que pasaría,
que ningún trote es así de eterno,
que cualquier armadura se oxida,
sin importar lo laxa de la batalla,

qué las piedras guardan en sí calor,
qué esa temperatura sonrroja mejillas,
humedece labios, dilata pupilas,
y enternece hasta al más fiero pirata,

todos gritan dimes y diretes,
intentan justificar sueño perdidos,
hablas de nuevos proyectos y desatinos,
que nunca se mezcla el agua y olivo,

y yo que sé? soy solo un chiquillo,
lo pongo a su milenaria consideración,
existen cosas peores que equivocarse,
pero ninguna más terrible cambiar de pared,

cuando has construido un muro impenetrable,
donde ni hordas de romanos lograron pasar,
donde la Galias son solo un juego de niños,
y el mismo Zeus se inclinaría a orar,

de eso hablo, del yo que era fuerte e impensable,
del que esquivaba cualquier trazo de espadas,
del que corria en campos minados rosando balas,
del que sabia el nombre de las cosas y basta,

quién diría que ese muro tenía una venta?
y que por el solo entraba una que otra gama,
era poco probable encontrar la luz adecuada,
ahora sonrío por su peculiar llegada,

no me queda nada mas que recordar la fortaleza,
y guardar al bolsillo algún rastro de piedra,
voltear al cielo y notar que la torre cambió de bandera,
que en ella reina esa hermosa gama extranjera.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Inesperado.

Y mientras seguía el sol su camino,
algunos dormitábamos en las sombras,
viendo a los pies a ruines y bardos,
saludando sin encanto a los pasajeros,

fuimos pocos los que embarcamos,
todos fuertes a una misma convicción,
una que fue malograda en el espíritu,
que corrompió la parte brillante del ser,

con el tiempo mermaron los asientos,
a mayor edad había más pasajeros,
algunos caían por la borda al abismo,
otros solo veíamos episodio y desvarios,

junto a mis colegas rompimos cada esquema,
farfullando victorias sin emblemas,
mostrando al futuro nuestra mejor cara,
amenazando con guardar aún nuestra mejor arma,

con el tiempo los paladines caían y caían,
sucumbían ante los encantos y delicias,
poco a poco me fui quedando solo,
guardando el banderín sin forja ni forro,

pero llego el momento de las cruzadas,
el banderín en lo alto hondonaba,
su belleza era plena,
su fortaleza era eterna,
su lema era mi esencia,

y cuando creí ganar,
y estar empapado en victoria,
y haber sido curado,
y haber probado el suelo empedrado,

con un solo beso de plomo y cicuta,
con una caricia cálida y húmeda,
con una palabra al oído recia y testaruda,
caí al tren del querer y la locura.
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